TIERRA.

Ona Varinia tiene nombre de maga, y así nacen sus fotografías, impregnadas de la magia de su nombre y de su cuerpo. Hacía años que no tocaba una cámara pero dispara decidida, sin dudas, como si no hubiera habido pausa en su hacer y en su espíritu.
Cuando a Ona Varinia le duelen los huesos o el alma de tanto ir creciendo por dentro, se cuelga la cámara al hombro y sale al bosque que rodea su casa, en el Montseny. Pisa las hojas con sus pies desnudos en el frío de la madrugada, coloca la máquina, la llena de su aliento y captura lo que nosotros no vemos. Luego nos lo ofrece.
Ella ritualiza sus lágrimas y las cicatrices de su piel, convierte los dolores y los placeres en una luz limpia y densa que puede ser palpada en cada una de sus imágenes. Ella no hace otra cosa que ver, ese ver que es un mirar profundo bajo las apariencias, y no se sabe cómo va aprendiendo a materializar aquello que ve desde el fondo de su mágica visión para luego regalárnoslo. Así nos permite el lujo de entrar en un bosque que tiene alma y nos abraza, que nos mira con extraños rostros y presencias evanescentes, que habla calladamente de sus sombras secretas. Ella es el bosque. Se tumba desnuda en la tierra y llora lo que le toca llorar, acaricia las cortezas y ríe lo que le toca reír, y regresa agradecida con un puñado de imágenes que nos hablan de lo sagrado que todos rastreamos en cada pequeño instante de la vida. La belleza será convulsa o no será, y la belleza que ella nos descubre es convulsa y también calmada, es tierra y es cielo, es aliento, piel y fuego. El cuerpo de la mujer original habla con la tierra arcaica, y al hablar se dicen: somos lo mismo.
Las mujeres se reconocen en estas imágenes que saben propias, escuchando el canto de madre y hembra hundiendo sus pies-raíces en el vientre que permanece y nutre. Los hombres se acercan a mirar con delicada pisada, sabiendo que tocan tierra nueva e íntima.
Ona Varinia, sanadora en imágenes, sabe convertir sus heridas en belleza, y este es un don que merece la pena que crezca en esta tierra.

Javier Melguizo

Esta entrada fue publicada en Inicio. Guarda el enlace permanente.